DISCURSO DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR RECTOR FRAY ROMEO TOVAR ASTORGA O.F.M. EN OCASIÓN DE LA QUINCUAGÉSIMA PRIMERA GRADUACIÓN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE EL SALVADOR

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INDIVIDUALISMO, PERSONALISMO Y NUEVA EVANGELIZACIÓN

 

En la medida en que los derechos humanos se han utilizado para justificar el individualismo posesivo, han sido despojados de su auténtico significado.

En nombre de nuevos derechos humanos, de segunda y tercera generación y de inspiración puramente positivista, y a tenor de un absolutismo de la técnica, se conculca la esencia misma de la ley natural.

Esta ideología hoy predominante es tal vez el principal obstáculo para la tarea de la nueva evangelización.

 ¿Qué es la verdad? Jesús dijo un día: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Así pues, la formulación correcta de la pregunta no debe ser « ¿Qué es la verdad» sino «¿Quién es?». Ésta es la pregunta que se plantea también el hombre del tercer milenio". Con estas palabras, Juan Pablo II recordaba en su viaje a Suiza, en 2004, un principio básico de la fe católica: la verdad es una Persona. Con Jesucristo irrumpe en la historia "la Verdad en Persona".

       La encarnación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad manifiesta de manera clara el carácter personal del cuerpo humano: "En el hombre, creado por Dios, se refleja la gloria de la Santísima Trinidad" Además, al encarnarse, esta Persona divina lleva a cabo la Redención de todo el género humano. Al confesar, por lo tanto, la encarnación, confesamos también que cada cuerpo humano tiene un carácter personal:la persona y sus derechos fun­damentales son definidos por la pertenencia a la especie humana. Al confesar que Dios ha entrado en la historia como "fruto del vientre de una mujer", la Iglesia Católica confiesa que la persona creada de mayor dignidad es una mujer y sitúa la maternidad en el centro de la fe.

        Al confesar que Jesucristo es la verdad, proclamamos la dignidad de la persona humana, de la maternidad y de la humanidad. Al conquistar personas para Cristo, hacemos ser más humano el mundo. Este mensaje es especialmente relevante en el momento histórico actual, también en vista de la nueva evangelización.

 

El fundamento del derecho

         El principio de acuerdo con el cual la persona es definida por la pertenencia a la especie humana significa que los derechos humanos fundamentales no pueden establecerse sobre la base de la pertenencia a un subgrupo del género humano, como quiera este se defina: raza, religión, pueblo o nación, clase política. Tampoco pueden reducirse los derechos de la humanidad a los de la generación actual.

       Ciertamente, este principio “somos personas porque pertenecemos a la especie humana” se puede confesar sin pro­fesar la fe católica. Nos maravilla, sin embargo, el hecho de que la Iglesia Católica hoy parece ser la única autoridad religiosa y moral que lo defiende. Tal vez el motivo es que no se puede negar este principio siendo católicos, ya que esto implicaría al mismo tiempo vaciar el contenido de las verdades centrales de la fe, como la Encarnación y el valor universal de la Redención. Desde este punto de vista, la ver­dad católica se presenta como una garantía de humanidad.

      También es importante advertir que el principio “somos personas porque pertenecemos a la especie humana” no es solamente un "principio de dere­cho natural". El cuerpo humano, la identidad personal, constituye la base observable del derecho: es como el "do­cumento central" de todo contrato (cualquier documento de identidad se refiere al cuerpo). Por consiguiente, este principio fundamental de la fe católica “somos personas porque pertenecemos a la especie humana” es al mismo tiem­po el fundamento de todo derecho (natural, civil, penal, constitucional). Cuando se afirma que la sociedad civil y el Estado de derecho surgen de un "contrato social" entre los hombres, no se puede perder de vista que este contrato no es un acuerdo voluntario entre "subjetividades puras", sino entre "libertades encarnadas". Es la pertenencia a la especie humana (familia humana) lo que permite a los hombres estar constituidos en sociedad. La humanidad precede a la sociedad.

 

El servicio de la Iglesia Católica

      En el mundo actual, cuando alguien proclama la inseparabilidad entre el individuo y la especie humana, es identificado como católico. Se trata de un principio sin el cual el derecho terminará derrumbándose. Al defender este principio: la inseperabilidad entre el individuo y la especie humana, la Iglesia Católica sirve a la persona, al derecho y a la humanidad. "La Iglesia tiene una responsabilidad con lo creado" y considera que es su deber "proteger ante todo al hombre contra la destruc­ción de sí mismo". Por otra parte, no se puede olvidar que aquel que defiende este principio fundamental del derecho y lleva una buena vida sobre la base del mismo, "mantiene la ley natural y sus preceptos (...) puede obtener la (vida) eterna mediante la acción de la luz divina y la gracia'7, lo cual significa que en realidad forma parte de la Iglesia Católica, porque "extra Ecclesiam nulla salus”:

     Al respecto, son significativos los discursos de Benedicto XVI en la Westminster Hall (17.09.2010) y en el Bundestag  (22.09.2011). Pareciera que la humanidad se viese cada vez más necesitada de buscar el apoyo de la Iglesia Católica en el momento de renovar el respeto al derecho y a la especie humana.

Superar el individualismo

     Ha sido un gran mérito del humanismo moderno reconocer la importancia de la libertad para organizar la sociedad de manera más consonante con la dignidad de la persona humana. El concepto de derechos humanos, la idea de igualdad de todos los hombres ante la ley, la participación democrática de los ciudadanos en el gobierno, el constitu­cionalismo y la separación de los poderes constituyen parte de estos resultados. Sin embargo, el humanismo moderno, sobre todo en la forma de ideología liberal del Iluminismo, contenía una visión del hombre no centrada en la persona, sino en el individuo entendido como pura subjetividad. Se puede decir que esta visión es un "individualismo positivis­ta", una ideología según la cual el individuo es "solamente una libertad que él se crea por sí solo".

      Por ejemplo, el liberalismo, en su versión original, no solo contenía el excelente principio económico de la "libertad de mercado", sino también un "individualismo posesivo", que celebra la "relación de propiedad" olvidando la meta­física de la "relación interpersonal". De acuerdo con ese "individualismo", el cuerpo no es persona, sino propiedad absoluta del sujeto. Esto vale para el propio cuerpo, pero también para otros cuerpos humanos sobre los cuales eventualmente se adquiere poder. La sociedad humana se reduce a una red de relaciones de mercado, y convivir es un equilibrio de intereses egoístas". El individuo tiene la primacía absoluta, incluso sobre la especie humana.

      En la medida en que los derechos humanos se han uti­lizado para justificar el individualismo posesivo, han sido despojados de su auténtico significado.

 

El error del colectivismo

      La necesidad intelectual de amansar el "individualismo posesivo" ha conducido a ideologías colectivistas que han procurado poner límites mediante diversos mecanismos de socialización. A pesar de conservar la primacía de la "relación de propiedad", el colectivismo socialista ha inten­tado remediar las desastrosas consecuencias provenientes de este postulado (el individualismo posesivo), otorgando a la "sociedad" la titularidad de los derechos de propiedad. Sin embargo, como ya se ha señalado, el concepto de "sociedad" (en contraposición con "especie humana") es vago, y la definición de "bien social" se deja al arbitrio de quienes tienen el poder. El nacional­socialismo procedió con griteríos racistas y nacionalistas; el marxismo, con criterios de clase política. El remedio resultó ser peor que la enfermedad". Se instauró una dialéctica contradictoria, incapaz de cimentar en forma coherente los derechos personales sobre la base de la pertenencia al género humano. Por consiguiente, surgieron regímenes totalitarios que en nombre de la "libertad" pervirtieron el derecho y sacrifi­caron a la persona.

      Además, en el plano de la verdad, el postulado positi­vista del individualismo conduce al relativismo y rechaza toda limitación de la libertad que no nazca de decisiones voluntarias tomadas por los individuos en las diversas asociaciones en las cuales se constituyen.

      Por último, este postulado positivista del individualismo ha conducido en Europa al "secularismo", un movimiento de "secularización", que culminó en la reivindicación marxista de la emancipación del Estado con respecto a Dios, a la religión y a la moral (se­cularismo).

      Vale la pena advertir, aunque solo sea de paso, que el constitucionalismo estadounidense se desarrolló de distin­ta manera, sobre la base de los principios enunciados por George Washington en su Farewell Address: la religión y la moralidad son soportes indispensables de todas las dispo­siciones y virtudes que conducen a la prosperidad política. No puede pretender ser un patriota aquel que subvierte estos grandes pilares de la felicidad humana y civil. Sería imposible garantizar los derechos fundamentales (propie­dad, vida, reputación) si desapareciera el sentido religioso en el ejercicio de la justicia; sería engañoso pensar que la moralidad nacional podría prevalecer prescindiendo del principio religioso. León XIII cita expresamente al primer Presidente de los Estados Unidos y utiliza las ideas del Farewell Address en el momento de formular los principios fundamentales de la doctrina social católica, y en la misma dirección se pronuncia luego Pío XII.

 

La solución del personalismo

      Las ideologías colectivistas han sido reducidas al absurdo por la historia. Por el contrario, el individualismo sigue vivo: es la ideología hoy predominante, y tal vez el prin­cipal obstáculo para la tarea de la nueva evangelización. Un primer paso para superarlo consiste en no confundirlo con el personalismo cristiano. Es fácil pensar, por ejemplo, que "individualismo liberal" y "personalismo cristiano" son equivalentes por cuanto ambos afirman la primacía del individuo con respecto al Estado y a la sociedad. Cier­tamente, durante el siglo XX, la lucha contra el totalitarismo produjo acercamiento entre las posiciones liberales y católicas, por ejemplo en lo tocante a la defensa de la propiedad privada. Sin embargo existe una diferencia de fondo: el "individualismo liberal" defiende la primacía de la persona con respecto a la especie humana, mientras que el "personalismo cristiano" defiende la inseparabilidad de la persona y de la especie humana: la relación entre la persona y la humanidad es la de un todo hacia otro todo. Precisamente esta diferencia conduce a posiciones sumamente distintas sobre los temas del matrimonio, de la familia y de la vida.

 

 El humanismo cristiano

      "La verdad es Jesucristo, que vino al mundo para revelar­nos y darnos el amor del Padre. Estamos llamados a dar testimonio de esta verdad con la palabra y sobre todo con la vida". Más que refutando los errores doctrinales y exponiendo verdades abstractas, la nueva evangelización se hará manifestando con nuestra vida la adhesión a la Verdad en persona, Jesucristo.

     "Jesucristo revela el hombre al hombre", insistía Juan Pablo II, y terminó por abatir los muros del colectivismo marxista ateo. Dando a conocer la Encarnación, se proclama el carácter personal del cuerpo huma­no, se exalta la maternidad y se defiende a la humanidad. Insistiendo en el hecho de que "la Verdad es una persona: Jesucristo", lograremos liberar a la cultura de las cadenas sutiles del individualismo hedonista y positivista e instau­rar el personalismo y el humanismo cristiano.

 

Cfr. Antonio Suarez, Individualismo, Personalismo y Nueva Evangelización, Humanitas, Revista de Antropología y Culturas Cristianas N° 71.

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